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La escultura de Hervás no tiene apenas que ver con su pintura. Esta
propone constantemente la entrada en un universo vaporoso, poético,
que puede esconder el deseo violento, la gruta jamás pisada o el
remanso apaciguado, con la condición, sin embargo, de que siempre
tendrá que ser el espectador quien lo recorra e invente.
La escultura, en cambio, presenta alegorías en bronce concebidas
expresamente por el autor como una multiplicidad ordenada de elementos,
cuya predeterminada significación el espectador debe ir descubriendo,
no inventando.
Se
diría que el autor se deja llevar por la naturaleza de los materiales:
la fragilidad de los pictóricos, que sugiere y huye; la gravedad
de los escultóricos, que determina el sentido y manda. (...)
La
mirada del artista ha escrutado la múltiple materia; se ha deslizado sobre
las superficies móviles del mar y de los sembrados, ha penetrado en las
grutas oscuras y las hondonadas adivinadas, se ha perdido entre la niebla
y la nieve, de manera que ha querido pisar y tocar y sentir aquello a
lo que le invitaba la mirada, hasta que se ha encontrado con aquel objeto
viejo, ya olvidado, al que él no ha querido dar una nueva significación,
una presencia surreal, sino sólo tocarlo, tocarlo con un toque ni distraído
ni anónimo, sino con el toque intenso de su subjetividad aguda;
Es
preciso repetirlo: no lo ha transfigurado, sólo lo ha visto, lo ha pisado,
lo ha tocado. Es la manera propia del artista de mover al espectador para
decirle: toca, pisa, mira tú las cosas desde tí mismo; créalas
y re-créalas, pues a mí no se me ha dado un don especial,
y tú puedes también dejar de mirar y tocar "como lo
hace todo el mundo".
B.
Forteza Pujol
(extraído de "La escultura de Hervás
Amezcua")
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